REFLEXIONES PARA EL VERANO

Abrimos el paraguas de la vida y nos damos cuenta que su esqueleto oxidado es inútil contra el diluvio de los días, un arma de doble filo capaz de invocar a la muerte. Ya nada puede salvarnos de la lluvia de emociones en desorden, de recuerdos enfermizos contra los que luchábamos escondidos debajo del pupitre, encima de la cama y de golpe se derrumba el castillo de naipes construido sobre el barro de la existencia, donde fuimos queridos a pesar nuestro, a pesar de pagar con la moneda de la burla y quisimos a pesar del ridículo de humillarnos y besar las huellas de quien estaba dispuesto a pisarnos.
Ya no enciendo la luz de la mesilla, porque los fantasmas que creía habitaban a la sombra de la luz, han dejado de producirme miedo, o al menos, menos miedo que me tengo a mismo, al discurso implacable del reproche. No se por que vivir es una cuesta, siempre hacia arriba, cuando lo único que hay que dejar que pase es que fluya la sangre, el caudal que alimenta los calcios y las vísceras, sin aires de eternidad.
Abro el paraguas inútil. La lluvia es capaz de hacer florecer las tumbas.

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